HOMENAJE
Hoy: EL MAESTRO BARRILETERO (y el barrilete)
La primera vez que ví un barrilete no fue solo uno. En un paseo de tarde de domingo en el Parque Saavedra con mi familia y aún siendo muy chico (tendría unos 7 años), me acuerdo que los veía colgados del cielo y me parecían miles (mi boca abierta demostraba mi fascinación). Le pedí a mi viejo que me comprara uno (sí, en esa época ya existían los vendedores de barriletes), pero dada la situación económica del hogar, me hizo uno de los mejores regalos de mi vida; me dijo: ”te voy a enseñar a armar uno”. No cabía en mí la alegría. Aún recuerdo la emoción de aquel día. La construcción abarcaría desde hacer la logística para conseguir las cañas (ir al costado de las vías del ex FFCC San Martín, próximas a nuestra casa), hasta procurar todos los elementos necesarios tales como como papel, hilo, tijera, harina y agua (para el engrudo!), trapos para la cola, y algo de imaginación para elegir tamaño, forma y color. Una vez recolectadas las cañas para el armazón, solo restaba comprar el papel. La elección de los colores ya estaba tácitamente decidida de antemano: con padre e hijo “fanas” de Chacarita, lo cromático ya lo teníamos solucionado. Nos decidimos por un tamaño estándar, pero nos faltaba la forma. Si bien Quesada Senior sabía armar algunos modelos (estrella, bomba, barquito), Junior se decidió por un modelo combinado: MITAD BOMBA, MITAD ESTRELLA. Los pormenores de la construcción los dejaré de lado, ya que transcurrieron entre risas, errores de corte (me llamaba “tijerita fácil”), y los gritos de mi vieja cuando le manchábamos con engrudo los pisos de la cocina y el patio, o le agarrábamos una tela cara y fina para hacer la cola (triste la vida del barriletero). Mitad con flecos, mitad con zumbadores, solo quedaba esperar que el domingo sea ventoso para ver el vuelo de la obra. Y el domingo fue ventoso. Nuevamente miles de barriletes flotaban y yo no veía la hora de sumar el nuestro. Los primeros intentos de remonte de mi papá fueron para realizar los últimos ajustes (calibrar tiros y cola), y ya está, ahora sí. Si bien hay distintas técnicas para remontar, él utilizó una sencilla maniobra que dejó a nuestro barrilete, en cuestión de segundos, en el aire. Ahí estaba, rojo-blanco-negro, pavoneándose y volando a la par de sus vecinos. Yo gritaba, aplaudía, moría porque me lo prestara. Cuando hizo el traspaso, sentí en mis pequeñas manos la tensión en el carretel, el impulso de querer ascender más y más, de llevarme con él. Un momentito compartirlo y nuevamente a mis manos por largo rato. Después de bajarlo y volver a subirlo varias veces, de repente se cortó el hilo y fue a dar a la copa de un árbol imposible de alcanzar. La primera gran sensación de pérdida de mi vida fue consolada con un: “no te preocupes, en la semana armamos otro”. Y así fue que armamos y remontamos muchos más, y hasta me dí el lujo de enseñarles a amigos y familiares a construir sus propios barriletes. Lamentablemente el maestro barriletero partió ya hace unos años hacia quién sabe qué cielo de barriletes. Hoy brindo por el barrilete, aquél que me hizo abrir la boca y gritar de alegría, que me quiso llevar con él y partió solo para recostarse en lo alto de un árbol, pero brindo más por el maestro barriletero, que no solo me enseñó que en las cosas más sencillas puede estar guardada una gran emoción, sino que me hizo disfrutar muchísimo de aquellos momentos compartidos. Salud viejo!. CQ.
La primera vez que ví un barrilete no fue solo uno. En un paseo de tarde de domingo en el Parque Saavedra con mi familia y aún siendo muy chico (tendría unos 7 años), me acuerdo que los veía colgados del cielo y me parecían miles (mi boca abierta demostraba mi fascinación). Le pedí a mi viejo que me comprara uno (sí, en esa época ya existían los vendedores de barriletes), pero dada la situación económica del hogar, me hizo uno de los mejores regalos de mi vida; me dijo: ”te voy a enseñar a armar uno”. No cabía en mí la alegría. Aún recuerdo la emoción de aquel día. La construcción abarcaría desde hacer la logística para conseguir las cañas (ir al costado de las vías del ex FFCC San Martín, próximas a nuestra casa), hasta procurar todos los elementos necesarios tales como como papel, hilo, tijera, harina y agua (para el engrudo!), trapos para la cola, y algo de imaginación para elegir tamaño, forma y color. Una vez recolectadas las cañas para el armazón, solo restaba comprar el papel. La elección de los colores ya estaba tácitamente decidida de antemano: con padre e hijo “fanas” de Chacarita, lo cromático ya lo teníamos solucionado. Nos decidimos por un tamaño estándar, pero nos faltaba la forma. Si bien Quesada Senior sabía armar algunos modelos (estrella, bomba, barquito), Junior se decidió por un modelo combinado: MITAD BOMBA, MITAD ESTRELLA. Los pormenores de la construcción los dejaré de lado, ya que transcurrieron entre risas, errores de corte (me llamaba “tijerita fácil”), y los gritos de mi vieja cuando le manchábamos con engrudo los pisos de la cocina y el patio, o le agarrábamos una tela cara y fina para hacer la cola (triste la vida del barriletero). Mitad con flecos, mitad con zumbadores, solo quedaba esperar que el domingo sea ventoso para ver el vuelo de la obra. Y el domingo fue ventoso. Nuevamente miles de barriletes flotaban y yo no veía la hora de sumar el nuestro. Los primeros intentos de remonte de mi papá fueron para realizar los últimos ajustes (calibrar tiros y cola), y ya está, ahora sí. Si bien hay distintas técnicas para remontar, él utilizó una sencilla maniobra que dejó a nuestro barrilete, en cuestión de segundos, en el aire. Ahí estaba, rojo-blanco-negro, pavoneándose y volando a la par de sus vecinos. Yo gritaba, aplaudía, moría porque me lo prestara. Cuando hizo el traspaso, sentí en mis pequeñas manos la tensión en el carretel, el impulso de querer ascender más y más, de llevarme con él. Un momentito compartirlo y nuevamente a mis manos por largo rato. Después de bajarlo y volver a subirlo varias veces, de repente se cortó el hilo y fue a dar a la copa de un árbol imposible de alcanzar. La primera gran sensación de pérdida de mi vida fue consolada con un: “no te preocupes, en la semana armamos otro”. Y así fue que armamos y remontamos muchos más, y hasta me dí el lujo de enseñarles a amigos y familiares a construir sus propios barriletes. Lamentablemente el maestro barriletero partió ya hace unos años hacia quién sabe qué cielo de barriletes. Hoy brindo por el barrilete, aquél que me hizo abrir la boca y gritar de alegría, que me quiso llevar con él y partió solo para recostarse en lo alto de un árbol, pero brindo más por el maestro barriletero, que no solo me enseñó que en las cosas más sencillas puede estar guardada una gran emoción, sino que me hizo disfrutar muchísimo de aquellos momentos compartidos. Salud viejo!. CQ.

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